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Carl Lewis: el hijo del viento

 
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En los genes de Carl Lewis estaba escrito que sería un atleta excepcional. Heredó de sus padres, ambos también deportistas, el talento, la potencia y la tenacidad para triunfar en el deporte y brillar con luz propia.

Frederick Carlton Lewis nació en julio de 1961 en Birminghan, Estados Unidos. Siempre tuvo aptitudes artísticas y deportivas: cursó ballet, estudió música y hasta grabó un disco de rock. Afortunadamente para la historia del deporte, primó la vena física sobre la artística.
Desde muy temprana edad Carl empezó a apasionarse por el deporte de competencia y resistencia. A los 13 años empezó a competir en salto de longitud y en pruebas de velocidad. Sus capacidades saltaban a la vista, tanto que a los 19 años fue seleccionado para formar parte del equipo olímpico estadounidense de atletismo.
Carl hizo su debut olímpico en los juegos de los Ángeles en 1984, allí obtuvo cuatro medallas de oro en los 100 y 200 metros planos, salto de longitud y cuatro por cien relevos.  Lewis no solo fue la revelación de los Juegos Olímpicos, sino que igualó la mítica marca que, su ídolo de infancia, el atleta Jesse Owens consiguió en Berlín 1936.

Las piernas de Lewis eran un tesoro, una herencia valiosísima de sus padres y que él supo administrar de la mejor manera posible, dotándolas de capacidades excepcionales, con su propio sello y talento. Estas valiosas piernas y este desbordante talento le dieron 10 veces la gloria olímpica y le otorgaron un lugar destacadísimo en la historia del deporte.

Después de un debut excepcional en unos juegos Olímpicos, Lewis le tomó gusto a éstos, tanto que participó en tres ediciones más. En los juegos olímpicos de Seúl en 1988 se hizo a dos medallas de oro y batió una plusmarca mundial. En 1991 estableció el récord mundial en los 100 m lisos con una marca de 9,86 segundos, y en los Olímpicos de Barcelona 1992  renovó su título en salto longitud, disciplina en la que se había consolidado, y volvió a ser oro en relevos. En los Juegos Olímpicos de Atlanta Carl no logró clasificar por tiempos en las pruebas de velocidad, y por tal razón no pudo formar parte del equipo de relevos. Pero pese a esto se destacó en una de sus especialidades: longitud. Con un salto de 8.50 metros obtuvo su noveno título olímpico.

Después de Atlanta, Lewis abandonó las pistas, dejando un legado de 10 medallas olímpicas, 8 oros y un bronce  en mundiales. Además de una marca, todavía imbatible, de 9,86s.

En 1996 Carl Lewis se hizo merecedor del Premio Príncipe de Asturias de los Deportes en el año 1996. Posteriormente se dedicó a la actuación en el cine y escribió un libro autobiográfico.

Sus piernas, su talento, su potencia, le dieron la gloria a él y a su gente, a su raza afroamericana, quienes vieron en él un gran orgullo. Lewis marcó un hito en la historia del deporte, que no ha podido ser borrado.





 
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